El castillo está formado por dos recintos, el exterior o albacara es de enormes proporciones y está defendido por numerosas torres cuadradas. En su interior se alza el castillo propiamente dicho con seis altas torres, de las que se conservan cuatro en perfecto estado.
La puerta principal de acceso se encuentra en el muro de poniente, escoltada por sendos torreones cuadrados, y coronada por un arco de medio punto en forma de buhedera.
Según los antiguos cronistas el alcázar llegó a tener ocho torres, pero solo cuatro quedan hoy en pie y en relativas buenas condiciones, todas ellas comunicadas entre sí por un adarve protegido de almenas. En la parte media de la colina aparecen las tres que se encuentran frente a la ciudad: la del centro es la Torre de las Armas, la que mira al sudoeste, frente al coso, es la Torre de Veladores, y la que forma vértice de un ángulo entre la Torre Cubierta o de los Caballeros, al norte, y la Torre de las Armas se la llama Torre del Homenaje o de Doña Blanca. En estas torres, que poseen algunos subterráneos abovedados, se abren balcones y ventanas, en los que se marco rudimentariamente el arte arquitectónico propio del siglo XIII.
Entre estas cuatro torres y otras tres más caídas ya por los años y las guerras se encuentra la gran plaza de Armas, con edificios a propósito para acuartelar varias compañías de soldados. Los espacios entre las torres están unidos por fortísimas murallas almenadas. En su muro norte estaba adosado el palacio de los condes, y en la parte sur se encontraban las caballerizas, cocinas, habitaciones de la soldadesca, cuerpos de guardia y calabozos.
El recinto externo de la fortaleza, lo que podríamos denominar albacar de la alcazaba, o campo de armas, es muy amplio. En tiempos de Doña Blanca albergaba un barrio entero, en el que se incluía la llamada Cueva de la Mora. Alrededor del conjunto había un profundo foso con algunos puentes levadizos.
Desde la Torre Cubierta (llamada así porque se ha constituido su cresta por tejado moderno), y en dirección al barrio de la Soledad, el terreno va descendiendo bastante, y sobre él hay una muralla, interrumpida por varios torreones, ya en ruinas, entre los que se destaca una de tipo árabe, de construcción anterior al resto.
Luego la muralla se inclina hasta la Torre del Reloj, castillete avanzado que, al arruinarse, fue restaurado en parte para colocar el reloj de la población. Desde esta torre y en trozos amurallados de distintas épocas abarcando una gran extinción de la ladera meridional siguen las murallas hasta volver a enlazar con la Torre de los Veladores.
Estado de conservación
Se encuentra en estado de ruina consolidada, con alguna restauración desafortunada.
Historia
El origen de la fortaleza de Molina de Aragón es el alcázar que los árabes levantaron, sobre un antiguo castro celtibérico, y en el que situaron la sede de los reyezuelos del territorio taifa molinés. Sus jefes, como Hucalao, Aben hamar y Abengalbón, resuenan en algunas crónicas árabes de la época. Este último fue gran amigo del Cid Campeador, alojando al guerrero burgalés en sus caminares de exilio entre Castilla y Valencia.
El territorio molinés fue conquistado a los árabes por Alfonso I el Batallador de Aragón, en el año 1129. La disputa del territorio, elevado y frío, despoblado casi por completo, pero estratégico en el dominio de los caminos entre Aragón y Castilla, quedó finalmente para Castilla, y su señorío fue entregado en régimen de behetría a la familia de los Lara.
Estos magnates constituyeron en Molina de los Caballeros un fuerte núcleo poblacional al que concedieron un Fuero, promulgado en el año 1154 por su primer conde, don Manrique de Lara. Se creó un poderoso Común de Villa y Tierra, organización propia de la Castilla meridional, cuya cabeza territorial era Molina, sede del señorío, de las instituciones, de los representantes, del mercado, etc., y protegida por una muralla que fue creciendo a partir de la segunda mitad del siglo XII.
El gobierno de los Lara sobre el territorio y la villa de Molina duró hasta finales del siglo XIII. Luego pasó a ser señorío de los reyes castellanos por la boda de su señora, doña María con Sancho IV. Durante los casi dos siglos de relativa independencia, la ciudad de Molina fue progresivamente edificada y cuidada por sus señores. Todos ellos fueron añadiendo elementos al castillo, cada vez más fuerte, y finalmente la quinta señora, doña Blanca de Molina, terminó de construir la fortaleza y darle el tamaño y el aspecto que hoy muestra.
Las fortalezas molinesas, que han permanecido a lo largo de los siglos muy entero y sin necesidad de restauraciones especialmente llamativas, fueron protagonistas de múltiples batallas, tanto en la Edad Media como en la Guerra de la Independencia y las Guerras Carlistas. Además de haber servido de refugio al Empecinado, y sufrido un incendio violento toda la ciudad en 1810 por orden del general francés Roquet, en 1875 el castillo molinés tuvo que soportar el asalto y destrucción de parte de sus murallas por una fuerte columna de carlistas comandada por el general Vallés. Tras haber servido de cuartel durante todo el siglo XIX, la fortaleza de Molina quedó vacía desde principios de nuestro siglo, y hoy solo sirve para que el turista y curioso de las antiguas construcciones guerreras medievales pase un rato evocador recorriendo sus patios, subiendo las escaleras retorcidas de sus torres o asomando la vista desde los adarves protegidos de fuertes almenas.
Protección
Fue declarado Monumento Nacional el 3 de junio de 1931.
Bien protegido por la declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949 sobre la protección de los castillos españoles (BOE núm. 125, de 5 de mayo de 1949) y por la Ley 16/1985, de 25 de junio, de Patrimonio Histórico Español (BOE núm. 155, de 29 de junio de 1985).
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